Elul 5: Entra – Angela Buchdahl, cantante litúrgica

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Tú conoces esa sensación: cuando entras como invitado a una boutique increíblemente elegante o a un country club, y la gente te hace saber que tú realmente no perteneces allí.  Los empleados son amables, te saludan e incluso te ayudan a guiarte pero no te dan verdaderamente la bienvenida. Eres un invitado, un visitante, alguien del que no se espera que se convierta en miembro del club.

Durante mucho tiempo la comunidad judía ha tratado de esta misma forma a los no judíos entre nosotros. No sólo a aquellos que entran a nuestras sinagogas y centros comunitarios como invitados por única vez sino también a aquellos casados con judíos o que crían hijos judíos, exploradores que se detienen ante nuestras puertas. Son invitados y somos amistosos con ellos, pero no hacemos lo suficiente para darles genuinamente la bienvenida, para hacerles saber que podrían pertenecer.

Algunos de los comentarios aparentemente más inocuos son los que más distancia ponen: “Siempre puedo distinguir a los judíos en una habitación” dice orgullosamente mi amigo “culturalmente” judío. “Es gracioso, no pareces judío”, es otro de los favoritos. Si bien las marcas tribales son buenas para fortalecer los lazos grupales en el deporte se convierten aquí en barreras para el ingreso. El judaísmo se vuelve un exclusivo club en cuyo seno naces o no naces. Mi madre, nacida en Corea, que pasó más de 35 años en la sinagoga y ayudó a criar una familia judía, nunca se convirtió. Ella sentía que en tanto “culturalmente” coreana, jamás podría convertirse en 100% judía.

¿Cómo se vería si verdaderamente diéramos la bienvenida a la gente? En la Central Synagogue fundamos un instituto para Explorar el Judaísmo (EJ) porque queríamos hacer explícita la invitación. El EJ da la bienvenida a todos con un abordaje holístico del aprendizaje judío, la práctica ritual y el estudio comunitario. En tres años hemos tenido más de 200 estudiantes en el EJ y más de 80 conversiones completas o en curso. Para muchos, todo lo que se requirió fue una sincera invitación y la posibilidad de una auténtica pertenencia.


Rabina/cantora litúrgica Angela Warnick Buchdahl  de la Central Synagogue de New York